ORACULO INFIEL

ORACULO INFIEL
DISFRUTEMOS

martes, 15 de diciembre de 2009

Infiel emocional

Al fin y al cabo, me pregunté, qué es lo que hace tan diferente mi amor por E.
de los otros. No era mas o menos intenso. No era mas o menos apasionado. Era,
si, un amor posible, lo que no estaba nada mal, si recordaba mi largo CV de
encuentros desencontrados.

Conocí a Edgardo cuando ya no creía en nada. Y me dio amor, mucho amor. Me dio
silencio cuando yo había dejado de creer en los te amo. Me acaricio las manos y
me hizo vibrar hasta la última cuerda. Me dijo "te voy a esperar todo lo que sea
necesario", y me espero. Si tuviese que definir a E. ( Edgardo) diría que él es
mi fuerte. E. me salva del vacío. Quizás por eso, no es raro que en los momentos
de duda y tentación, piense en E. como quien se aferra a una roca para que el
mar no se lo lleve.

Inclinada sobre el abismo de una infidelidad no planeada, y muy temida, mis
manos tanteaban esa roca. De repente un alga seca, un pensamiento fuerte y
resistente a cualquier refutación, me permitía aferrarme y seguir firme por
largos momentos. Otras veces, mareada de tanto adivinar placeres ajenos y
prohibidos, me recostaba sobre la ladera suave de un sentimiento, sobre un hoyo
lamido por el agua durante siglos, tibio y oscuro. Era un sentimiento casi
maternal, porque en esos momentos, evocaba a E. como a una madre. Cuando,
cansada de la roca, mis músculos se tensaban en busca del mar sin fondo, cuando
las fibras mas reprimidas de mi cuerpo se preparaban para dar el salto y me
erizaban de adrenalina en buscando una aventura suicida, pensaba en E. como mi
hombre-mujer. Mi todo fuera del cual nada existía o era necesario. En ese
momento, E. era el cóncavo que me contenía y soportaba, y el convexo que me
ponía en mi lugar, con todo lo que podía ser puesto. Eran sus piernas duras y
bien contorneadas, que se entrelazaban con las mías y me convertían en una
hembra sumisa. Y era su piel suave y perfecta, siempre tibia, que yo recorría
con determinación y confianza, como un capitán que conoce a la perfección el
estrecho que atraviesa. Amaba a E., me decía mientras sentía sobre mi mejilla el
frío húmedo de su boca salada. Pero había momentos en que mis otros yo, esos que
llegan aullando desde nuestras selvas primitivas, intentaban alejarme de él.



La última vez, fue por un viejo. Un viejo-viejo, mucho más viejo que yo, un jefe
que parecía aun más viejo que sus 60 años de edad. Pero un viejo que podía
ofrecerme lo que E., con menos años y menos traumas que yo, no tenía: protección
y arrugas en la frente. Y otra cosa que habíamos perdido (casi): el mirar del
deseo, el juego de lo prohibido, mi viejo arte de cazar y de convertirme en
presa, y de salir siempre, al final, corriendo libre e intocada. Si lo miraba
solo a él, y solo en ese momento, el viejo me parecía único. Pero si daba un
paso atrás y tomaba perspectiva, comprendía que el era solo uno mas de los
últimos años. ¿Cuando comencé a ser una polígama del alma? ¿ y cuando lo
trasladé a mi cuerpo? Me es difícil decirlo: creo que desde que nací. Cuanto
mas amo a alguien, si ese amor es posible, más miro a mi alrededor en busca de
nuevas pasiones. Digo "si ese amor es posible" porque cuando un amor es
imposible, y yo estoy sola, me vuelvo exclusivamente fiel a esa obsesión. Me
llevo muy bien con las obsesiones – disfrazan mis vacíos y me dan sentido como
casi nada en el mundo. Pero cuando amo y soy amada, la obsesión desaparece y -
paradoja cruel - dejo de ser fiel. Me convierto en catarata. Es como si el amor
me desbordara, me sobrara, y me viese compelida a amar a todos los hombres del
mundo. Es casi como la caritativa belleza de las esculturas de mármol
semidesnudas, que distribuyen sensualidad a quien se interese, sin pedir nada a
cambio. O tal vez sí: pidiendo solamente una mirada, un suspiro, una evocación
de lo perfecto. Me sobra pasión, me sobre cariño, me sobran bromas y trucos de
seducción que yo misma desconozco. Cuando estoy repleta de amor, mis otros yo
toman la bandera e invaden mis puertas y puentes. Mientras mis ojos toman
brillo, se transforman en un inquietante olor a hembra que me revela aunque este
inmóvil y me hinchan la boca de manera invitante. A partir de ahí, los otros
comienzan a aparecer, como lobos detrás del celo. Los demonios ya me habían
llevado al abismo muchas veces. En una ocasión, casi lograron apagarme para
siempre. Tanto me acerqué al fuego, y tantas veces, que me quedé en carne viva y
sin reconocer mi rostro. Me salvo E., y esas cosas no se olvidan. Nunca.



Por eso no quería, y no podía olvidarlo ahora, cuando la tentación me esperaba a
24 horas de mi puerta. Soy fiel, me decía, a la persona que me ama y que me es
fiel. La reciprocidad hace bien, el saber que la roca sigue allí, en el mismo
lugar y con las mismas formas. Pero la tentación me perseguía, como un perro que
corre infatigable al lado del caballo de amo. Se transformo casi en un desafió
contra el tiempo: había tenido cuatro días para entender que pasaba algo entre
nosotros. Es verdad que siempre que me veía sonreía contento y se le iluminaba
la mirada, pero eso lo hacia con todos sus amigos. Es verdad que en dos
ocasiones anteriores había pronunciado frases inesperadas y algo enigmáticas,
pero no le hice caso. Esta vez, sin embargo, intento seducirme abiertamente y en
público, en una reunión de la multinacional donde trabajamos, y creo que lo
logro. En medio de una sesión, mientras yo conversaba con un colega coreano que
no comprendía lo que yo decía, se me acerco y me tomo la mano. Lo miré
estupefacta: nunca antes nos habíamos tocado. Me miro a los ojos, levanto mi
mano, la elevo y yo pensé "por Dios que no la bese, que horror, todos están
mirando". Fue peor: la elevo hasta su frente, e inclino su frente para que
rozara mi mano. Como un caballero que se inclina ante la espada, ya que la reina
se niega a tocarlo con el hierro. Luego fueron miradas furtivas, miradas que
escapaban a sus propios dueños y que jugaban entre ellas mientras que nosotros
dos nos parapetábamos detrás de nuestras trincheras. Y luego, fue la sorpresa:
me llamo, haciendo un gesto con su dedo. Me llevo afuera, para hablarme de
cualquier cosa, o al menos, eso me pareció. Lo vi con pocas palabras, diciendo
pavadas, y me sorprendí de verlo tan vulnerable y tan torpe por primera vez en
su vida. El, el jefe omnipotente que siempre había controlado centenas de vidas
con su tenacidad y su locura. Luego fue peor: con la excusa de que yo hablaba
alto y de que podiamos molestar a los que seguian en reunion, me llevo a tomar
un café. Sus ojos caían sobre mis caderas. Unas caderas que yo considero tan
normales y cotidianas. Seguimos jugando el juego, hablando de pavadas y de
científicos. Unas palabras, sin embargo, nos comenzaron a transformar en
cómplices. El me miro sorprendido, y yo sorprendida de su sorpresa. No repito
las palabras porque no tienen nada de especial: fue, creo yo, el tono inesperado
de nuestras voces, hablando de lo de siempre de una manera tan distinta, lo que
nos dejo al filo de lo irreversible. Pero no hubo irreversible: una chica fría y
medio desequilibrada, que nos espiaba de lejos, se acerco y se coloco
directamente entre nosotros. Nos corto al medio como una navaja, y el viejo, que
nunca tuvo paciencia para nada, dejo su taza de café y dijo: volvamos.



Dediqué luego dos días – el fin de semana que siguió – para decidir que los "no
hechos" o "semi-hechos" de la semana eran motivo de preocupación o no. Sabia que
solo tendría tres días para tejer y destejer la historia. Primero, para
confirmar si el viejo también estaba preocupado. Y luego, para convencernos
mutuamente que no había nada de que preocuparnos. Y seguir adelante. Un "feu de
paille", como dicen los franceses. Nada que pudiese dejar rastros, sobre todo
porque yo era casada, con dos hijos y bastante feliz, y el viejo era casado, con
dos hijos y bastante infeliz.



Seguramente estas esperando que te cuente como termino la historia. Dije que
solo tenia 3 días para tejer y destejer un amor clandestino, pero la cosa fue
distinta. No hubo historia. Gran desilusión (para mí): solo hubo, ayer, una
mirada sostenida y profunda, un intento de penetración visual mientras yo
presentaba una evaluación, del que me escapé cerrando los ojos. Y un pedido
velado para que me quedara un día mas, un día mas cuando me escucho hacer la
reserva de mi pasaje de avión (yo debía viajar al exterior para contactar a un
grupo de clientes potenciales). Por la noche, no dormí, y supe que él tampoco.
El dijo, como al pasar y con cara de perros, que fue porque se quedo pensando en
mi última evaluación sobre mercados emergentes. Y yo pensé: que jefe pierde el
sueño por una evaluación sobre mercados emergentes, sobre todo si recibe esas
evaluaciones dos veces por semana, desde hace 20 años?



Hoy fue una tortura. Me infiernizo con cada pagina de mi informe. Y creo que sé
por qué. Como no pudo arrancarme la ropa y hacer todo lo que quería, abrió el
reporte, pasó sus manos por cada una de sus paginas, las miro con rabia y con
deseo, las desabrocho, olió la tinta y al final las abrochó de un tirón, con un
golpe de karate sobre la abrochadora que podría haberme desnucado… si yo fuese
papel, y él acero. El juego me divirtió al principio, pero pronto término
cansándome: cada vez yo que me alejaba, me obligaba a volver a su lado y me
atacaba con un concepto, con un nuevo grafico. A veces, sus palabras eran
coherentes y hasta brillantes. Otras, eran un marasmo de confusión que ni la
interdisciplinaridad mas ecléctica y osada hubiese aceptado. Al final, empecé a
sentir un fuerte dolor en el estomago, y decidí abandonar el juego. Se
mezclaban, por un lado, el respeto por sus años y su éxito en el campo de los
negocios y por el otro el saber que no estábamos, en absoluto, creando una nueva
estrategia. O sí. Probablemente estábamos inventado una metodología, la del
rugby al revés. Empujar al adversario, no para alejarlo de su propia meta, sino
para acercarlo. El me empujaba hacia mi meta/deseo, y yo resistía. Yo lo
empujaba hasta su propia meta/deseo, y el resistía. Poco a poco, sin embargo, la
resultante de nuestras fuerzas nos fue acercando a nuestro objetivo.
Un observador inoportuno y una reunión inesperada –o meticulosamente preparada
para ¿escaparse? – de mi jefe, cortaron el juego. Me sentí una idiota: todas mis
estrategias, desplegadas arriesgadamente enfrente de un colega celoso que podría
intentar hacerme mucho mal, se fueron al tacho de basura. Me solté y me recogí
el cabello cien veces, yo, que por lo general soy dura y reservada con él,
sonreí involuntariamente y hasta lo invité a tomar una cerveza después del
trabajo (sic!!!!) que él rechazo (sic!!!) y… cuando el observador inoportuno se
fue, pedí para quedarme en su oficina (= a solas con él!): solo que él, el
viejo, se fue. Quedé sola, ridícula, vencida y con el incomodo sentimiento de
culpa que me impregnaba el cuerpo. Aunque supe que mi jefe quiere verme en el
próximo continente en el que viviré, tres veces el próximo mes. Claro que lo que
él dice siempre debe ser tomado con mil pinzas. Ahora estoy en mi cuarto,
sacando conclusiones a la luz de un velador mientras el, en casa, seguramente
juega con sus hijos. Su esposa es bella, es inteligente y todavía es joven.
Tengo hambre y saboreo migajas: recuerdo sus manos, su cuello, sus mejillas, su
estomago abultado. Todo en él es viejo, mas todavía de lo que debería por su
edad. Las manos están hinchadas y manchadas, con esas manchas marrones que solo
trae el tiempo y que el sol cruel de la selva , donde vivió, La piel del cuello
le cae como la de un viejo toro de raza. Las mejillas se despeñan a cada lado de
la boca, un semicírculo al revés. A veces, cuando está más cansado que de
costumbre, la boca se le hunde tanto que parece que no la tuviera más. Casi como
esos viejos que se olvidaron de ponerse la dentadura al levantarse. Los ojos,
redondos, se pelean a los puñetazos con los parpados que insisten en cubrirlos.
Solo su pelo es joven. Joven y punk. Por eso, cuando se lo cubre con un gorro de
invierno negro, parece tener el doble de edad. 120 años. Ya no hay rastros de
juventud. Solo una mirada fatigada y todo lo demás. ¿Que deseo entonces de él?
Simplemente; querría que me abrazara. Querría ver como es sentir mi cuerpo
contra su cuerpo, y también que me mirara con ternura y picardía. Querría
sentirme protegida y poder ser todo lo mala e irresponsable que quisiera, como
la niña que fui. Querría que se demostrara a si mismo que todavía puede hacer
feliz a una mujer joven. Querría que su cuerpo feo y avejentado se mezclase con
mi cuerpo todavía – pero no por mucho tiempo – inquietantemente bello y blanco.
Querría hacerlo suspirar, sufrir, perder el control y retorcerse de placer. Y
luego, querría que todo fuera un sueño, solo un sueño, algo que nunca sucedió.
Querría levantarme a la mañana siguiente limpia y pura, capaz de acercarme a E.
con la mirada transparente.



¿Y por qué el habría de desearme? Dicen que no soy fea, pero la verdad es que no
tengo nada en particular, salvo mi capacidad de hacer el amor con las palabras y
en hacer entender con gracia y elegancia que no me contradigo en la cama. Hace
años que dejé de ser una Lolita.¿ O estaré soñando? O será porque, según supe,
muchos de sus colegas le han confesado un cierto deslumbramiento por mi persona,
tal como el mismo lo ha dicho? Seré una especie de trofeo? O daré la imagen de
una pieza de caza? No creo ser irresistible, múltiples engaños y abandonos me
hicieron aprender la lección del realismo y la humildad. Pareceré la única
dispuesta a la infidelidad sin consecuencias? Que papelona! En el fondo, sigo
siendo católica apostólica y romana! Una conservadora, digamos, une jeune fille
rangée, quoi!



Mañana llega el ultimo round. Lo veré probablemente media hora. O medio día.
Pero siempre con el observador indiscreto en el medio. Además, mi plan es
castigarlo. Llegar tarde y a ultimo momento, casi con un pie en el avión. Así
que no hay chances. Game over. Se termino el partido de ajedrez, y nos quedamos
en tablas. Sin heridos. Sin ganadores. Tan solo dos torpes perdedores que no
quieren entender que el tiempo suplementario se les termino hace rato.



Hoy es mañana: me dijo buen día sin mirarme y me deseo una buena mision en el
exterior. Se fue sin cerrar la puerta, no a su casa, como me dijo que lo haría,
sino a un pequeño escritorio escondido. Huyo de mí. La fidelidad se impuso sola.
Y fue muy reconfortante.¿Por qué nadie respeta a los infieles?



En el aeropuerto tuve tiempo para pensar. Conecté mi notebook y busqué en
Internet algún artículo serio, diferente, digamos, de los foros o de las páginas
rosas de mujeres y hombres solitarios, pero encontré nada. Atónita, escribí en
el buscador "infidelité", luego "unfaithfulness" y más tarde "infidelity", y
nada, mismo problema. Todavía no sé como escribirlo en japonés. Quizás ellos
sean mas comprensivos con quienes, como yo, amamos siempre a la misma persona, y
a algún… "anexo". No me preocupa el amar siempre a la misma persona. Más aun, la
sociedad conservadora me aplaude. Mi problema son los anexos, esos seres que me
atraen en momentos inesperados con su mirada encendida. Una mirada que, estoy
descubriendo, yo alimento sin darme cuenta. O ahora, dándome cuenta. Preciso
conquistar. Quiero jugar. Sin consecuencias. Quiero vivir otras vidas posibles:
no me conformo con una sola, si bien sé que solo quiero tener mas hijos con el
mismo hombre y que ese hombre es el que me espera ahora en la cama, en mi hogar.
Pero los anexos me vuelven loca: son de todos los colores, formas y edades.
Hasta ahora solo son hombres, pero sospecho que también podrían ser mujeres.
Algún día. Y comienzo a sufrir: no por mí, sino por el hombre al que le hice la
promesa irrenunciable. No me importan las promesas a Dios, pero si las que le
hice a mi hombre. A veces pienso: si tan solo el tirase la primera piedra… o si
fuéramos un matrimonio abierto… pero allí entran los celos, mi propia
inseguridad, los hijos que algún día tendremos y, claro, el riesgo de perder a
la única persona indudable, como decía Borges. Como no encontré, en mi rápida
búsqueda electrónica, a nadie que la describiera o, por lo menos, la entendiera
(quizás lo único mas parecido a lo que buscaba fue un estudio científico de la
Universidad de Cambridge sobre la infidelidad… entre los ratones) decidí
realizar hoy mi propio elogio de la infidelidad, o lanzar, tal vez, un llamado a
"respetar a los infieles"; Infidelidad, divino tesoro: yo que siempre huí de la
mentira, y dije que jamás la aceptarla, me encuentro ahora en un calidoscopio
moral. Avanzo milimétricamente hacia el "deceit" y gano lentamente terrenos
antes prohibidos. Dicen que la infidelidad es la consecuencia de ciertas
carencias en la pareja. Pero a mi, que me falta? Sexo? No, para nada. Ni sexo ni
ternura, ni carne fresca ni sudores perfumados, ni bocas húmedas ni ojos llenos
de amor. No me falta, en mi hombre, ni el buen maestro ni el aprendiz ansioso.
Complicidad? Tampoco, la tenemos en cada vino compartido, en cada ramo de rosas
de aniversario, en cada email, en cada película que miramos juntos, yo con la
cabeza en sus piernas, mientras que el me acaricia el pelo. Me falto pasado? No
lo creo. Quizás me falto adolescencia, pero no sexo, ni dolor. Que es lo que mi
hombre no me da? La respuesta salta enseguida, como un resorte: mi hombre no me
da pecado. Porque entre esposo y esposa no hay transgresión, no porque no la
haya, sino porque todo es visto con un guiño, como lo permitido. Y yo soy una
transgresora, preciso romper barreras una y otra vez y demostrarme que nada es
definitivo. Se que estoy jugando con la única moneda de oro que tengo: mi
hombre. Y se que si el, probablemente moriré. Y sin embargo sigo jugando. Estoy
buscando la muerte? Otra vez? No ya en medicamentos prohibidos o en ese séptimo
piso de Almagro, sino ahora en otros rostros? O será que, al leves, busco
desesperadamente la vida? ¿laS vidaS?
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jeorgelinasand@yahoo.com

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